Existen algunos estigmas en torno al tema del suicidio que, si bien se deben principalmente a factores culturales y a formas de percibir situaciones difíciles de afrontar, aunque pueden no ser agradables, en el aprender se encuentra el prevenir. Al conocer el tema, es mucho más probable identificar factores precipitantes y de riesgo en los cuales podemos encontrarnos todos.
Hablemos de cifras
La Organización Mundial de la Salud (OMS) en 2014 estima que, al año, 1 de cada 100 personas se quita la vida tras intentos anteriores. Esto representa un tema de salud pública a nivel mundial. En 2024 se estima que, con base en cifras de muertes por suicidio, ocurre una muerte cada 40 segundos.
El suicidio representa entre la tercera y cuarta causa de muerte en la población juvenil y juvenil tardía (15 a 29 años y 30 a 39 años). Por datos del Instituto Nacional de Estadística y Geografía (INEGI), en México se muestra un incremento en los últimos años, pasando de 6.2% en 2020 a 6.8% en 2023 por cada 100,000 personas.
¿Por qué es importante el suicidio masculino?
El suicidio es un fenómeno relevante que impacta a toda la sociedad, con matices y una genuina necesidad de abordarlo desde la prevención y el conocimiento. Al hablar de este fenómeno, es importante diferenciar las cifras entre la población masculina y femenina.
En 2019 la OMS muestra resultados de una tendencia de 7.2 puntos de diferencia en comparación con las mujeres, donde un 12.6% de los suicidios es consumado por hombres, mientras que un 5.4% por mujeres, datos estimados por cada 100,000 personas. Es decir, más del doble de la cifra registrada en mujeres.
El INEGI en 2023 reporta en México 8,837 fallecimientos por suicidio, de los cuales el 18.9% corresponde a mujeres y el 81.1% a hombres.
Tomando en cuenta esta prevalencia, es relevante analizar los factores sociales, psicológicos y emocionales a los cuales se ven expuestos los hombres y que incrementan los factores de riesgo para cometer estas conductas.
¿Cuáles pueden ser esos factores precipitantes y de riesgo?
Las exigencias y estándares sociales son uno de los principales factores que, en cualquier etapa del desarrollo, pueden generar crisis y dificultades al no poder cumplir con ellos. Entre estos estándares se encuentran: la vulnerabilidad como signo de debilidad, la independencia extrema, la exigencia de fortaleza física y mental, ser la figura proveedora, así como mantener siempre el control de las situaciones.
Todo esto da como resultado una visión rígida y estática de un “estándar varonil”, que al no cumplirse genera frustración, enojo, tristeza y síntomas depresivos.
En este blog ofrecemos algunos indicadores de alerta que podrían ayudar a identificar y prevenir. Algunas conductas como el aislamiento, regalar objetos de valor para la persona, conductas de riesgo como el abuso del alcohol, golpearse o manejar temerariamente, así como buscar métodos letales por internet o redes sociales, pueden ser signos de riesgo suicida y se debe estar atento para actuar a tiempo.
A esto se suman indicadores emocionales y cognitivos, como expresiones de inutilidad (“no sirvo para nada”, “de qué sirve hacer lo mismo todos los días”, “soy un estorbo”), aumento de desesperanza en áreas significativas como pareja, trabajo o incapacidad funcional, lo cual puede llevar a ciclos de anhedonia y desesperanza. También, cuando ya hubo un intento previo, puede escucharse una planificación más letal o frases como “ahora sí lo lograré”.
¿Qué podemos hacer al ver estas alertas?
Una de las estrategias más importantes que buscamos promover en este blog es la empatía como herramienta preventiva principal. Más que una forma puntual de acompañamiento, es un estilo que genera beneficios no solo en la prevención, sino en la creación de círculos de seguridad para todos.
Ser capaz de ver desde la mirada del otro, acompañar y tratar de entender su experiencia, puede ser una intervención protectora fundamental.
Estrategias empáticas que pueden acompañar eventos de riesgo son:
- La validación emocional a través de una escucha atenta y sin juicio.
- Recordar que una persona en riesgo suicida no busca confirmación de sus pensamientos, sino compartir y sentirse entendida.
- Crear vínculos cercanos o espacios seguros donde pueda expresarse sin presión externa: amigos, terapeutas, círculos sociales.
- Promover masculinidades flexibles donde se permita a los hombres ser sensibles, pedir ayuda, expresar dudas y liberar el peso del estigma de que “estar mal” o pedir ayuda es debilidad.
Promover una escucha empática puede ser un reto en una sociedad donde todos buscamos opinar y dar soluciones. Sin embargo, escuchar y hacer un esfuerzo por entender y validar a alguien más puede marcar una diferencia.
Frases útiles pueden ser:
- “¿Necesitas que solo te escuche?”
- “Aquí estoy para escucharte”.
- “¿Quieres pasar un rato sin hablar?”
- “Lo que sientes tiene sentido y es válido dado lo que estás pasando”.
- “No tienes que estar bien todo el tiempo; eso nos hace humanos”.
Se deben evitar frases como:
- “Échale ganas”.
- “Antes has podido, ahora también”.
- “Tú puedes solo”.
Estas frases pueden ser contraproducentes y confirmar sus creencias de inutilidad o fracaso.
Redes de apoyo y atención profesional
Es importante recordar líneas de ayuda como La Línea de la Vida: 800 911 2000, disponible las 24 horas del día, los 7 días de la semana.
Asimismo, el seguimiento con profesionales de la salud mental es fundamental como principal herramienta de abordaje y tratamiento para la prevención del suicidio.
Conclusión
El suicidio masculino es un problema de salud pública, central en la salud mental y del cual todos somos exhortados a conocer más a profundidad. Los factores sociales y las creencias sobre los roles masculinos pueden incrementar la incidencia, promoviendo aislamiento y la idea de enfrentar todo en soledad, lo que aumenta la vulnerabilidad y la sensación de pérdida de control.
Conocer sobre el suicidio masculino no incrementa la incidencia; por el contrario, concientiza y disminuye el riesgo. Promueve una intervención integral entre profesionales de la salud mental (psicólogos y psiquiatras), así como la participación de la familia y círculos cercanos, llevando a un tratamiento con un pronóstico favorable.

